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Abraham Lincoln, el granjero que llegó a presidente, ganó la guerra civil, unió a su país y liberó a los esclavos

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Escribió Walt Whitman: «El 14 de abril de 1865 parece un día agradable en todo el territorio (…) La larga tormenta, tan oscura, tan fratricida, tan llena de sangre (…) había terminado al fin con el amanecer de una victoria absolutamente nacional, y la caída total del secesionismo (…) El general Lee había capitulado bajo el manzano de Appomattox (…) los primeros pastos, las primeras flores, habían nacido (…) El popular diario de Washington, el pequeño Evening Star, había esparcido en cien lugares de toda su tercera página, «El Presidente y su esposa asistirán al Teatro esta noche» (…) Llegaron en buena hora, y presenciaron la obra desde los grandes palcos del segundo piso, engalanados con la bandera nacional (…) La pieza se llama Nuestro primo americano (…) En el intervalo sobrevino el asesinato de Abraham Lincoln, con la discreción y simpleza de cualquier ocurrencia ordinaria (la apertura de un capullo o una vaina en medio de la vegetación, por ejemplo). Llegó el sonido de un disparo que no escuchó ni una centésima parte del público (…) Una figura súbita, un hombre, se yergue con manos y pies, se detiene un momento en la barandilla, salta hacia abajo al escenario, cae descompuesto pues el tacón de su bota se ha atorado en el espeso cortinaje (la bandera americana), se desploma sobre una rodilla, se recupera prestamente, se levanta como si nada hubiera pasado (…) y así la figura, Booth, el asesino, vestido con paño liso y negro, descubierta la cabeza, la cabellera espesa, brillante, azabache, y sus ojos como los de un animal desquiciado, centelleantes de luz y osadía (…) sostiene elevado en una mano un gran cuchillo, se da vuelta hacia el público, y lanza las palabras Sic Semper tyrannis, y desaparece»

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