Desde hace 35 años vivo en el mismo lugar. Vale decir, la mitad de mi vida, lo que permite a cualquiera suponer cuán entrañable me resultan las cuatro paredes que resguardan mi intimidad. Durante estos 35 años he sido testigo del vertiginoso desarrollo de Bella Vista, de su crecimiento vertical y de lujo, cada vez más contrastante con la modestia y progresiva decrepitud de mi edificio. Pero todos los días veo el mar, casi siempre de una deslumbrante gama de azules; otras, como hoy, de un gris plomizo: verlo es un regalo cotidiano, un antídoto contra el Prozac. Nunca, ni un solo día, esta imponente visión del mar me ha dejado indiferente o producido iguales sensaciones. Es siempre un descubrimiento, una epifanía. Continuar
Dominicano
Carta a David Collado de una ciudadana humillada e impotente
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